Es importante que medites sobre cuáles son tus valores, tomes conciencia de ellos y veas en tus actuaciones cotidianas si te comportas de acuerdo a ellos o no.  Para descubrir tus valores, lo mejor es preguntarte lo que realmente te importa la vida. Recuerda ahora algún momento en el que te encontrabas muy bien, de forma extraordinaria. Visualiza ese instante de tu vida y responde ordenadamente a las siguientes cuestiones:

  • ¿Qué recuerdas de esa situación?
  • ¿A qué no renunciarías por esa situación?
  • ¿Qué percibías cómo importante en ese momento?
  • ¿Qué sentías cuando estabas haciendo eso?
  • ¿Qué beneficios te aportaba?
  • ¿Qué valores crees que te guiaban?
  • En suma, ¿qué recuerdas de dicho caso?

Realiza estas preguntas, con el mayor número de situaciones que puedas, e intenta recrear cada momento lo mejor posible. Para ello es bueno que te preguntes qué pensabas, qué veías, qué olías, qué tocabas, y que consigas sentirte inmerso en ese instante y puedas finalmente descubrir y enumerar qué valores te guiaban en esa situación.

 

A la inversa, visualiza también alguna situación que recuerdes como angustiosa y que no te fue tan bien:

  • ¿Qué aspectos negativos recuerdas?
  • ¿Por qué te sentías incómodo?
  • ¿Qué hacía que no estuvieras en armonía con tus valores?
  • ¿Qué te hubiera gustado cambiar?
  • ¿Qué valores dejaste a un lado en ese momento?

Analizar situaciones que hayas percibido como buenas y malas, te ayuda a identificar y enumerar los valores, al pensar en profundidad sobre lo que realmente te agradaba y lo que te sacaba de quicio. No debes confundirlos con tus puntos fuertes, que son los recursos o competencias que tienes por encima de la media. Los valores explican y te ayudan a entender cuáles son tus puntos fuertes.

 

Los valores no tienen por qué ser iguales; por ejemplo, lo que la gente valora de las relaciones personales puede no ser igual a lo que valoran de su vida profesional. Sin embargo, todos tenemos unos valores esenciales que permanecen estables a lo largo de la vida y que aplicamos a los más diversos contextos. Un valor esencial cumple dos características fundamentales: es elegido libremente y te lleva a la acción.

Por ejemplo, supongamos que deseas reforzar tu compromiso en relación al valor respeto. Ante todo, debes comenzar con una declaración concreta de lo que es ese valor: «el respeto es un valor importante para mí, que permite a los demás idéntico nivel de libertad que a uno mismo» Ahora podrías preguntarte lo siguiente:

  • ¿Por qué es apropiado y deseable tener ese valor?
  • ¿Qué consecuencia sobre tu comportamiento provoca tenerlo?
  • ¿Cuál es el propósito positivo de este valor?
  • ¿Cuáles son las situaciones clave que están relacionadas?
  • ¿Qué limitaciones o resultados están relacionados con el mismo?
  • ¿Qué alternativas existen en relación a dicho valor?
  • ¿Dispones de algún valor parecido?

Preguntas de este tipo ayudan a reforzar una actuación acorde con un valor concreto escogido, y determinan, con el tiempo, tu grado de creencia y defensa del mismo. Las respuestas a estas preguntas definen los elementos del camino a seguir para expresarlo, proporcionan motivación, e incluso evalúan las posibles barreras.

Para conocer mejor qué valores te son más afines es recomendable el ejercicio de pensar en una persona o personaje a quien admiras, y por qué no, también en otro a quién odias. Seguro que identificas muchos valores que te atraen, y otros que sistemáticamente rechazas. Por ejemplo, puede que te guste la humildad de algún párroco, o te impresione la capacidad de superación de Stephen Hawking. En contra, puede ser que odies la falta de respeto de tu anterior pareja.

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